Día Mundial del Alzheimer: la reserva cognitiva como herramienta para seguir estimulando el cerebro

En Argentina más de 500 mil personas conviven con Alzheimer; la reserva cognitiva, que se construye a lo largo de la vida, puede retrasar la aparición de síntomas y favorecer la participación activa, incluso después del diagnóstico.

El 21 de septiembre de 2026 se celebró el Día Mundial del Alzheimer, una fecha que busca poner en agenda una enfermedad que afecta la memoria, la autonomía, la comunicación y la vida cotidiana de millones de personas. Según el Plan Nacional de Alzheimer y Trastornos Relacionados del Ministerio de Salud de la Nación, en el país se estima que más de 500 mil personas viven con Alzheimer, la forma más frecuente de demencia, y que representa entre el 60 % y el 70 % de los diagnósticos. El envejecimiento de la población hace que distintas entidades de salud proyecten un crecimiento significativo de esa cifra en las próximas décadas.

En este contexto, el concepto de reserva cognitiva ha cobrado especial relevancia. Se define como la capacidad de una persona para adaptarse y compensar, en mayor o menor medida, los cambios cerebrales producidos por el envejecimiento normal o por enfermedades neurodegenerativas. No es una característica fija; se construye a lo largo de la vida mediante la educación, la actividad laboral, el aprendizaje, el ejercicio físico, los intereses personales y la vida social. Esta explicación ayuda a entender por qué dos individuos con cambios cerebrales similares pueden presentar manifestaciones clínicas muy distintas.

La reserva cognitiva no elimina el Alzheimer, pero sí puede retrasar la aparición de los síntomas y favorecer mecanismos de compensación frente al daño cerebral. “Todos poseemos la capacidad de generar reserva cognitiva, solo se trata de entrenarla; el cerebro tiende a resolver las tareas cognitivas por sus caminos habituales, así que generar desafíos nuevos promueve la necesidad de recorrer otras conexiones neuronales”, explicó la doctora Wanda Rubinstein, investigadora adjunta del CONICET‑UBA y coordinadora del Centro de Investigaciones en Neurociencias y Neuropsicología de la Universidad de Palermo. Rubinstein añadió que “hasta los 90 años existe la posibilidad de generar neuronas nuevas”.

Para las personas que ya viven con deterioro cognitivo, estimular no implica exigir actividades que ya no pueden realizar, sino ofrecer oportunidades adecuadas para participar, decidir, comunicarse, vincularse y disfrutar. La licenciada Mara Maslavski, Coordinadora Gerontológica de la Residencia Manantial, señaló: “Una actividad no debería medirse únicamente por si ‘ejercita la memoria’. Una conversación sobre un tema de interés, escuchar música significativa, pintar, caminar, elegir la ropa que quiere usar o colaborar en una tarea cotidiana también son experiencias de participación y estimulación. El objetivo no es llenar el día de ejercicios, sino que el día tenga sentido para esa persona”.

En la práctica residencial, la estimulación se extiende más allá de talleres programados; puede surgir al elegir qué ponerse, al participar en tareas cotidianas, al desplazarse por sus propios medios o al decidir cómo transitar el día. Este enfoque propone un cuidado que comienza antes de la aparición de la demencia, con prevención y envejecimiento activo, y que se adapta después del diagnóstico mediante acompañamiento, compensación y adaptación constante, siempre centrado en las capacidades actuales de cada individuo.

Rubinstein y Maslavski coinciden en que la variedad de estímulos, el vínculo social y el movimiento son los pilares que realmente construyen reserva cognitiva, más que ejercicios aislados de memoria. Además, el entorno físico y social debe ajustarse para facilitar la autonomía y evitar la dependencia, sabiendo cuándo ayudar y cuándo permitir que la persona siga realizando por sí misma aquello que aún puede hacer.

El diagnóstico de Alzheimer, por tanto, marca el inicio de una nueva etapa, no el final de todas las posibilidades. A medida que la enfermedad avanza, algunas capacidades pueden deteriorarse, pero otras permanecen disponibles durante períodos prolongados. Un abordaje flexible, que modifique consignas, ofrezca apoyos y respete los tiempos y habilidades preservadas, resulta esencial para garantizar el bienestar de las personas con demencia, especialmente en residencias de larga estadía.