La inseguridad se ha convertido en una realidad alarmante para los trabajadores de aplicaciones en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), con un promedio de 90 ataques denunciados por día. El reciente asesinato de Cristian Pereyra, un docente de 39 años que trabajaba como chofer de una aplicación de viajes, ha vuelto a poner en primer plano la violencia que sufren estos trabajadores.
El caso de Pereyra no es aislado, sino que forma parte de un fenómeno en crecimiento que alcanza cifras alarmantes. Las fiscalías registran alrededor de 350 hechos delictivos por semana contra trabajadores que dependen de aplicaciones para generar ingresos, desde conductores hasta repartidores y mensajeros. Esto se traduce en un universo cada vez más amplio que incluye a más de 200.000 personas que trabajan de manera directa o complementaria a través de aplicaciones en la Ciudad de Buenos Aires y el Conurbano.
Los trabajadores de aplicaciones comparten una misma característica: desarrollan su actividad en la vía pública, sin protección y expuestos a situaciones de riesgo permanente. Las modalidades delictivas también se repiten y se adaptan a cada tarea. En el caso de los conductores, predominan los llamados “viajes trampa”, en los que delincuentes solicitan un traslado para luego asaltar al chofer, robarle el vehículo o atacarlo durante el recorrido. Para los repartidores, el riesgo aparece en los denominados “pedidos falsos”, donde los asaltantes utilizan direcciones inexistentes o zonas liberadas para interceptarlos.
La vulnerabilidad es el denominador común entre estos trabajadores, que trabajan solos y no conocen a quienes solicitan el servicio. La necesidad económica los obliga a continuar en actividad incluso en horarios y zonas consideradas de alto riesgo. “Salimos a trabajar con miedo. No sabés quién se sube o quién te espera del otro lado del pedido. Si no salís, no comés, pero cada viaje puede ser el último”, relató un conductor que trabaja con aplicaciones en la zona oeste del conurbano.
El crimen de Pereyra también expone el deterioro de los ingresos que empuja a trabajadores de distintas profesiones a recurrir a aplicaciones para complementar su salario. En este contexto, la ecuación se vuelve cada vez más peligrosa: salir a trabajar implica, para miles de personas en el AMBA, exponerse a robos y violencia. La falta de controles y la escasa respuesta ante los reiterados ataques también son una preocupación para los trabajadores, que sintetizan su situación con una frase que se ha convertido en un lema: “El cliente puede ser un ladrón”.